
No supimos apagar la tele a tiempo y, como siempre, como todo el país, recibimos el año de la mano de un presentador de moda que nos explicaba algo tan sencillo como el funcionamiento de un campanario.
Y, pronto, de nuevo, escucharemos atentamente las instrucciones del locutor o la locutora en cuestión. Con cierta indulgencia a su consabida inutilidad soportaremos como nos explican la diferencia entre los cuartos y las campanadas que marcan el paso del un año a otro.
Y ya está, se acabó lo que se daba. Lo importante son las campanadas. Los otros trescientos sesenta y cuatro días, veintitres horas y 59 minutos pasan volando.
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