miércoles, 30 de enero de 2008

HIPO


Cada día, cuando suena el despertador, Elvira tiene que luchar contra la tentación de quedarse en casa. Si, ya sé que estáis pensando que se trata de pereza y que intentar darle otro nombre es vanagloriarse de problemas de más calado que los que afectan a los demás.
Pero es que esa es la verdad: Elvira quiere quedarse sola en casa, y no precisamente para vivir disparatadas aventuras como las del protagonista de la peli. Elvira se aísla del mundo con la misma facilidad y con el mismo aire furtivo con la que un alcohólico entra en un bar y pide una copa. O con la misma dificultad culpable, pero sin saber cómo vencer la tentación, la adicción a una soledad compensatoria después de tanto desvivirse por los demás, de tanto vivir sus vidas, a su gusto, como ellos querían, de tanto intentar hacerlos felices a toda costa.
Quedarse sola es la única manera que conoce de ser ella misma, de dejar de pensar, de dejar de mosquearse con todo el mundo, de ofenderse por nimiedades, de estar tan hacia fuera que se le olvida que tiene adentros. Quedarse sola es quedarse tranquila.


Cuando su compañero Fabio, en el trabajo, le pide favores con cara de madona al pié de la cruz y acompaña su petición con el relato de algún que otro problema gravísimo (¡Me ha llegado un cargo de 16 euros que no esperaba!) se ofende como si la mayor tomadura de pelo jamás imaginada amenazara su integridad, como si el victimismo de Fabio fuera una ofensa personal de dimensiones extraordinarias. La ira y el enojo se apoderan de ella y ya no puede dar marcha atrás. Y cada frase de Fabio es una pieza del ”tetris” que Elvira gira y cambia de lado para acomodarla lo mejor posible a su ofensa. Y cada vez las piezas encajan mejor.

Y cuando su padre, Angosto, habla otra vez de lo terrible que es hacerse viejo, cuenta una de sus repetidas anécdotas de juventud (Perea, un compañero de la mili, que no se quemaba con la comida y nadie quería compartir ración con él), se empeña en hacerse el gracioso con una de sus bromas mil veces repetidas y mil veces rechazadas o saca a relucir su mal carácter para demostrar quién manda en casa, la indignación entra por cada uno de los poros de su piel y le dice que se calle, que no se haga el mártir, o le riñe por su salida de tono.

Y mientras Carlos, su marido, habla por teléfono sin bajar previamente el volumen del tango que suena en su ordenador, Elvira lo desprecia por hacer tan mal las cosas. ¿Es que no sabe que para hablar por teléfono hay que bajar la música? Y Elvira ni recuerda que Carlos es sordo de un oído y que cuando lo tiene ocupado con el auricular del teléfono la música no le molesta porque no la puede oír.

Y enfado tras enfado, y entre cabreo y cabreo, Elvira se queda sola para estar en paz, para que nadie la moleste, la ofenda, la hiera, la contradiga.
Algunas veces hace cosas, reacciona, habla, se comporta de manera que Elvira se da perfecta cuenta de que hace las mismas cosas que Fabio, que Angosto y que Carlos. Y se sorprende de cómo se parece a esos que tanto le molestan. Y se pregunta cada vez como se ha vuelto tan quisquillosa, tan victimista, tan cascarrabias. Y lee libros que le hablan de asertividad y de empatía, de inteligencia emocional y de ecología psicológica; y los entiende.


Más tarde, Elvira se enfada porque Carlos tiene hipo.

1 comentario:

Unknown dijo...
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